Llamémosle momento Caballero


Tenía unas ganas de espanto de hacerlo aunque ya fuera mayorcito.

En una mano tenía un rollo de papel higiénico con dos vueltas justas y en la otra, una cerveza sin alcohol con gotas chorreando por todo su costado circular. Con mi boca salivando, lo dejé sobre la mesa junto al portatil y los rotuladores de colores y me quedé mirando mi reflejo en la televisión apagada. Allí estaba yo, sentado en el sofá de casa, con mi chándal Adidas de hace diez años y una sonrisa placentera de oreja a oreja. Antes, me había asegurado de que nada interrumpiera ese momento. Llamé a mi madre y le pregunté dónde estaba. Con las amigas, tomando unas cañas, me dijo. Sublime, espléndido, increíblemente perfecto, pensé. Iba a comenzar lo que podría llamarse el momento caballero.

Con parsimonia me decidí a preparar el ritual, aunque éste fuera simplemente extender el papel, y poner cierto material estimulante procedente del disco duro de mi portátil. Podría recordar muchos otros buenos momentos, desde el segundo polvo con tu novia (el primero siempre es un desastre), hasta el premio internacional a la mejor campaña para un festival, de cine porno claro. Pero aquello era diferente, era lo más simple del mundo ni suponía comeduras de cabeza, yo mismo lo hacía y a mi mismo me causaba placer, no necesitaba de nadie. Y el caso es que hacía tiempo que no encontraba ni lugar ni tiempo para recrearme en el "caballero".

Dí al play y me puse manos a la obra. Cogí el material con las dos manos y empecé fuerte, con movimientos precisos y premeditados. Tenía algo dentro de mí que quería sacar pero, eso sí, con tranquilidad y maña para disfrutar de los detalles. El vídeo del portatil guiaba mis manos haciendo más interesante cada gesto en cada paso. Repetí el mismo movimiento sucesivas veces pero siempre dando un ángulo diferente. Mi excitación subía y mi caballero no tardó en presentar buen aspecto, esta vez era más grande de lo normal, estaba exhuberante. Sentí el orgullo en mis entrañas al imaginar el resultado final aunque estuviera en plena creación todavía. Entonces, llegó el momento estrella, decidí ponerle más historia a aquel acto. Cogí los rotuladores de la mesa y pinté a mi caballero con locura. Un toque por aquí, otro por acá y aquello tenía otro color, más potente, más pasional. Rejuvenecí recordando viejas travesuras de pequeño.

Y al final sucedió lo esperado, un orgasmo pletórico donde las facciones de mi cara se dislocaron para dar por terminado el éxtasis. Abrí la lata de cerveza para escuchar con deleite el sonido chocante y fresco del trabajo bien hecho. Me recosté y miré con detenimiento aquella obra maestra que había entre mis manos babeando como un maldito Bulldog. Increíble. Aquella especie de origami-manualidad hecha con un rollo de papel higiénico y pintado de colores parecía realmente un caballero de juguete. Sí, había quedado perfecto para regalárselo a mi chica en San Valentín. Le encantaban las cosas hechas a mano.

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