Sobre cómo acabé dentro de la bolsa de un canguro


Hace unas semanas viajé a Australia y mi vida cambió por completo. Pocas veces me sentí tan perdido como aquel momento en que hizo aparición ese animal lisiado que utilizaba un andador orgánico para moverse. Bicho del demonio escalabrado. Puede parecer exagerado, pero los canguros están mal hechos, es un eslabón perdido de la cadena evolutiva pero por alguna razón se recuperó de su extinción. La segunda teoría es que son seres de otro planeta que en algún momento sacarán de su bolsa de Doraemon un arma de destrucción masiva y harán saltar por los aires a nuestros coches y nos quemaran nuestro hogar y se comerán a nuestros hijos y nos cortarán el internet y nos robarán los smartphones y, en definitiva, acabarán con todos nosotros. De momento la primera teoría es la más coherente y, además, está apoyada científicamente la APE (Asociación de Paranormales Españoles).

Pero centrémonos, esta es mi historia: Eran las 10 de la mañana cuando nos acercamos a los canguros con cierta precuación. Mi primo, también conocido como Alan Grant sabía dónde llevarnos para una observación en su hábitat natural. A los canguros parecía no importarles nuestra presencia porque saltaban a su libre albedrío hasta que nos acercábamos unos metros y todos se cambiaban de lugar. Todos menos uno que parecía un maldito rinoceronte. Tenía unas patas como guadañas y en su saco llevaba un pequeño alien que intimidaba apoyado en su corsina con vistas al campo. Rino, así le llamamos, se quedó delante de mi, la suerte de mis compañeros les había dejado en la distancia.

Según dicen, ante los depredadores lo mejor que puedes hacer es quedarte quieto y no mirarles nunca a los ojos. Así hice, me quedé quieto como una señal de tráfico y esperé. Se movió alrededor mío, lentamente sobre sus patas traseras y sujetándose con la cola. Sentí su respiración en mi cara. Mis compañeros en la lejanía me gritaron para que empezara a correr pero yo estaba aterrorizado. Noté en sus ojos la oscuridad, la amenaza de la muerte próxima. No había nada que hacer. Era su presa y estaba pensando en cómo destrozarme los intestinos y regar el campo con mi sangre fresca y oxigenada. O, tal vez sí, podría haber una escapatoria, si se puede llamar así. Poner ojos de corderillo y dejarme llevar por la ternura de una madre canguro. No le haría mucha gracia al alien compartir piso, pero en ese momento solo pensaba en mi supervivencia.

Funcionó. En unos minutos me encontraba en su cesto de amor y en lo que sería mi nueva vivienda. Desde entonces vivo en una bolsa, hace unas semanas conseguí que me instalaran el wifi y puedo comunicarme con el mundo exterior. En mi trabajo no me echan de menos, es más, me envidian por vivir de esta forma en contacto con la naturaleza y tener un buen sueldo, pero la verdad es que es una vida dura y lejos de mi familia. Espero veros pronto.

Nota al pie:
He querido dejar a un lado el otro especímen estrella de este país y que tampoco tiene pérdida: la bola de sebo que lo único que hace es dormir y drogarse con hojas de eucalipto. Según un compañero abogado y que ha estudiado a los koalas desde muy cerca a través de La 2, si no comieran hojas de eucalipto, se convertirían en una especie de zombies y se comerían nuestros ojos que son blanditos y nutritivos. Yo le creo, que los abogados siempre tienen razón cuando no hablan de leyes.

[Fotografía: Claudio González Mora, click para ver Flicker]

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