Pelo suave como la seda, ondulado como las olas, brillante, en ocasiones con destellos rojizos como el cobre, y con olor a frutas que se desvanece sobre sus hombros. Posó su mano sobre ella como si oro se tratase. Se dio cuenta. – Oye, no me toques el pelo que no me gusta, te lo he dicho muchas veces –dijo…






