Podría haber ido en coche, más rápido o cómodo, pero por circunstancias ajenas, decidí ir en tren. En la carretera no hay vida, solo gente enfadada queriendo llegar pronto a su destino. Y de eso sólo te das cuenta cuando viajas en tren. Hacía mucho tiempo que no hacía el recorrido a Parla que hice durante más de 20 años casi todos los días. Si contara el tiempo que he pasado en tren podría sumar días, semanas, incluso meses de mi vida. Desde que me instalé en la capital la imagen de mi entorno ha cambiado y también las gafas que llevo puestas.
En este tren de vuelta, observo a las personas y veo la cruda ciudad. Veo en los ojos lo jodida o feliz que está la sociedad. El drama de la vida, la discusión entre culturas, la aversión a lo desconocido, el sufrimiento, la contradicción de la existencia. En bruto, sin filtros. Veo que han cambiado cosas, pero la mirada de las personas es la misma. No me acordaba de esto. Y siento nostalgia por volver a coger este tren, tristeza porque de alguna forma he olvidado parte de mis raíces; y rabia de desconocer este espacio desde lo conocido, de haber hecho tantas veces el mismo recorrido y sentirme extraño donde antes no lo era porque, de alguna forma, añoro estos viajes con toda su riqueza, con todos los sentidos. Estos viajes eran una forma de estar cerca de la realidad, de la gente. Me he alejado de las personas.
Alzo mis ojos por la ventana y veo las vías de tren con restos de basura entre los rieles, túneles con pilares sobre las que caen regueros de óxido, cables electrificados cruzando el cielo encerrado, árboles solitarios en lugares donde no hay vida, en tierra de nadie, montones de escombros rodeados de verde, graffitis en muros a medio construir, edificios industriales saqueados y abandonados, un olor a humedad y ropa sucia. Todo a mi alrededor es áspero y rugoso. No hay luz en el cielo, no hay agua en la tierra. Y entre todo esto, personas en constante viaje, mucha gente moviéndose por senderos marcados por la vida, baldosas millones de veces pisadas, un circuito de miles de vueltas y con una meta, vivir. Una persona pidiendo por su familia que está en la calle pasa a mi lado y no soy capaz de darle nada. Pero alguien del vagón sí lo hace. Todo de un color gris, sucio y chirrriante. Así es la ciudad en la que vivimos aunque yo no viva realmente en ella.
Y a pesar de todo, me encuentro en paz, rodeado de toda esta suciedad, encuentro mi paz. Un espacio limpio y sanador para mi interior. Es curioso, porque este viaje para ver a mis padres en la ciudad en la que crecí es lo que me ha despertado la necesidad de volver a escribir, algo que había perdido hace tiempo. Yo escribía mucho, escribí mucho en este tren cuando fui a la universidad, cuando salía de conciertos, cuando volvía de fiesta, en todos mis trabajos y encuentros. Muchos de mis relatos e ideas nacieron algún día en un tren, sentado y mirando los rostros del miedo, la desesperación, la alegría y la esperanza. Todo ocurría aquí, en cubículos temporales, fuera del espacio tiempo, que mueven personas desconocidas de un lugar a otro. Viajar en tren hacia el extraradio me hace ver el otro lado y me hace estar y repensar mis creencias, deshacerte del pesado abrigo de la conformidad.
Estoy llegando y ahora veo más campo y me emociono por sentirme afortunado de poder volver a coger este tren de nuevo, de saber que sigue estando ahí para mi y me prometo a mi mismo no olvidarlo, que volveré a hacerlo, porque volver, por pequeño que sea el viaje es como volver a encontrarte. Vuelve, vuelve a dónde pasaste tantas horas, días semanas, meses y años de tu vida. Extrañarás lo conocido.
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