Cuando le espanzurré las tetas contra su cara hasta dejarle apenas sin respiración sabía que le tenía en el bote. Sus ojos iban a estallar en la carne y disfrutaba zambulléndose en ellas como un niño con un juguete que había visto siempre de otros niños y que nunca había jugado con él. Mientras, yo veía el fajo de billetes…






