Abril necesitaba despejarse, quitarse encima las serpientes que se movían en la cabeza de la mulata. No se despidió al pasar por la entrada. El ascensor era un horno de bollos. Del suelo ascendía vapor de agua. Salió fuera, pasó por El Brillante y subió la calle de Atocha que presentaba un bullicio zoológico. ¿Faunia tal vez?, pensó. Había dos…






