Los pezones se marcaban sobre su fina camisa blanca con tanto fragor que los sentía punzantes en su cara. Adivinó pliegues entre las piernas que llenaron su boca de saliva. ¿Acaso importaba quién la había traído? La conocía y estaba sediento de ese cuerpo delicado, ahora delante de sus ojos. Podría levantarse y lanzarse sobre ella allí mismo, atraparla en…






