Estaba allí, delante de mis ojos. Tirantes bordados en granate, palabra de honor, ceñido al pecho, entallado en la cintura con un cordón dorado y falda de volante capeado. Su carmesí brillaba desde el otro lado de la acera. Elegante, atractivo y corto, especialmente corto. Apareció como si nada, como un cometa en el cielo, como una señal necesaria. Sonó…





