La ciudad estaba revuelta ante las murmuraciones que recorrían las calles e invadían la ciudad. En las tabernas se respiraba un aire de preocupación, en el campo un temor a mirar hacia las montañas, los caminos hacia la primera ciudad estaban más transitados. Las torres vigía del Norte y los observadores habían avisado de extraños movimientos y apariciones más allá de los puntos geodésicos de Beibal aunque lo que producía temor era otro hallazgo. Y hacía muchos años que no ocurría nada parecido. Más allá de los límites de Beibal la oscuridad y el silencio eran costumbre y ley y rara vez ocurría algo en sus alrededores. En ocasiones criaturas los cruzaban y destrozaban cultivos o creaban algún problema, pero todas ellas estaban perdidas sin otro deseo que saciar su hambre ante su desesperación y agonía.
Los cazadores de demonios y los Brujos, los hacían desaparecer recibiendo grandes primas de los alcaldes, ricos o reyes. Pero aunque no hubieran aumentado las apariciones de criaturas, los incendios, ruidos y señales fuera de los límites de las últimas semanas hacían augurar que algo estaba pasando. Y esto producía mucho miedo a los habitantes del sur, sobre todo a los ancianos que recuerdan la gran guerra y el establecimiento de las leyes de la llama azul. Éstas traerían paz y seguridad durante siglos. Después de la guerra se crearon tres postulados. Éstos se tallaron en la roca de la entrada a las grutas del monte del suicidio. encima de ellas se erigía una escultura de un león con la pata en el pecho. Se leía:












