Laura abrió la puerta con fuerza y cazó con su mirada a la dependienta. Lo primero que vió fueron dos pechos enormes como camiones que explotaron y se esparcieron por el suelo como dos globos de agua en su imaginación. Después observó su cara que despreció sin reproducir un mínimo gesto superfluo. Julián se deshizo de las manos de Laura y se zambulló en pensamientos ilícitos hasta tal punto de perder la consciencia y actuar por deseo.
La chica de la tienda se aderezó los pechos subiendo su sostén hasta la garganta, mostró una sonrisa mediocre y dio una insinuosa bienvenida.
La chica de la tienda se aderezó los pechos subiendo su sostén hasta la garganta, mostró una sonrisa mediocre y dio una insinuosa bienvenida.
– Qué alegría volver a verte por aquí Julián.
– ¡Puta!
– ¿Qué?
– ¡Aparta!
– ¿Quién es la puta aquí?, ¡ladrona!
– Déjame tocarlas otra vez.
– ¡Julián!
– ¡Ahhh!
– No me toques.
– ¿Ahora gritas?
– Solo una vez más.
– ¿Sugus de piña?, cabrón.
Se abre la puerta de nuevo y entran dos personas con dos chiguaguas.
– Ehh
– ¿Qué hace usted aquí?
– No…
– ¡Vaya ostia!
– ¡Madre!
– ¿Qué ha pasado?
– Llama a una ambulancia, hijo.
– ¡Guau!, ¡Guau!
– ¡Quítadmelos de las tetas!
– Yo voy…
– Una p….
– Aughh
– ¡Laura!
– Llama al 112
Compartir:
Es posible que para entender «menos» el relato también tengas que leer:






jorge
11 agosto 2011 at 11:02muy chulo el culebrón, digno de venezuela jejeje
Related Articles
Anatomía de una oficina: los sureños
Anatomía de una oficina: el loro atormentado
Clac (Tercera parte)
Clac (Segunda parte)
Clac
XII. Epílogo. Los muertos nunca resucitan