Cuando sin una razón explicable viene a tu mente el recuerdo del día que hiciste daño a quien quisiste, sin importar el paso del tiempo, ni los cambios y piruetas de la vida, sólo el recuerdo de ese instante, congelado en sus circunstancias y espacio, calcado hasta el mínimo gesto, la luz, el aire, el sabor amargo, el olor de las manos y el mismo pinchazo en el vientre.
Quizás no recuerde de qué color eran las paredes, pero sí que estaban escarchadas; ni si el humo de un cigarrillo me molestaba, pero sí que respiraba con dificultad; tampoco si me observaban cuando caminaba hacia algún lugar, pero sí que yo no podía mirar a nadie; es posible que fueran sordos mis oídos a los pitidos del tren, pero sabía que soltaría en su camino una estela de agujas. Cuando ocurren estos retornos el alma se te escapa por la boca y el vacío que deja succiona tus órganos convirtiéndote en algo insignificante y estúpido al pensar que tuviste la oportunidad de borrarlo y no pudiste. Es una flor anaranjada rodeada de puas semitransparentes, no intentes tocarla que te pincharás algo más que los dedos. Es un retorno de espinas.
Y con él, este temazo de Scout Niblett que estoy escuchando últimamente y un consejo: si todavía no habéis visto la película de Pájaros de papel, hacedlo. Hasta pronto.






Franco Chiaravalloti
19 septiembre 2010 at 20:37Uau… que intenso. Quién no hubiese querido volver pasos atrás, hacer control + z y desdecir lo que, de todas maneras, igual diremos… Son pinchazos a la aorta…
Un abrazo. Sigo leyéndote.
Akaki
20 septiembre 2010 at 21:19Si, a quien no le ha ocurrido y pinchan mucho…
un abrazo!
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