El intercambio

macchinine Madrid

El niño se quedó perplejo mirando al coche rojo. Era de su tamaño, apenas la mitad de alto que él, con asientos pequeños y un volante que podría abarcar bien con sus manos. Estaba hecho para él. Vamos, sube –le dijo su madre– yo te espero aquí. El niño apretó la mano y se pegó a sus piernas. No quería separarse de ella, igual que no quería separarse nunca del chupete que movía en su boca. Venga, no pasa nada–insistió. El niño siguió aferrado a su pierna como si en cualquier momento un huracán los fuera a separar. Su madre miró la minúscula tienda que había enfrente del coche, apenas tenía dos escaparates de medio metro. Vamos a entrar –dijo finalmente.

Si ver aquel coche de su tamaño le impresionó, cuando entró en la tienda se quedó maravillado rodeado de tantos autos en miniatura y tan espléndidos, tan diferentes, tan brillantes, tan deseados. Entró en un tunel de sensaciones donde su vista no encontraba un final. Había coches de multitud de colores, estilos, tamaños y todos con ruedas. A Eduardo le encantaban los coches en miniatura, su padre jugaba con él en casa y de vez en cuando le traía una sorpresa. Aquel lugar era como un sueño para él. Solo que estaba despierto. Sus ojos no podían dejar de moverse por las estanterías, una vista limitada por su altura.

Su madre lo cogió en brazos y su visión se amplió aún más, ya podía ver todo, también al hombre sonriente que estaba detrás del mostrador. Al niño le dio vergüenza y miró para otro lado, disimulando. Aquel hombre de barba y mirada curiosa imponía respeto, además, tenía todos esos coches para él solo, ¿cómo podía ser?, ¿por qué tenía tantos? Su madre saludó y aprovechó el momento. Eduardo, ya eres mayor, y los niños mayores no llevan chupete. Sin embargo, sé que lo quieres mucho, –el niño dio dos mordiscos al chupete con recelo– te propongo un trato. Si le das a este señor tu chupete, podrás llevarte el coche que quieras de esta tienda. El que quieras –resaltó por segunda vez. El niño empezó a morder el chupete con más insistencia, miró dudoso. Su madre se movió entonces por las estanterías con Eduardo en brazos. Puede ser ese, o ese, ese amarillo es bonito, o ese más grande, el que quieras. Una por una, pasó por cada escaparate hasta que Eduardo vio un coche especial. Lo señalo con su dedo pequeño y cogió el chupete con una mano. anja, anja, coche anja. ¿Ese naranja? –pregunto su madre señalando uno entre mil.

¿Y desde cuando te dejan aquí chupetes?, porque todo tiene una primera vez...–pregunté a Jose Luis, dueño de la tienda macchinine en Madrid. Pues desde hace mucho, lo mismo hace siete o ocho años, los cuelgo aquí arriba –respondió señalando una ristra de chupetes unidos por un cordón. Me quedé un tiempo pensativo, en silencio. Es como un recuerdo del pasado, ¿no? –dije– un recuerdo de ese momento en el que dejamos una parte de nosotros, le decimos adiós. En este caso es nuestro preciado chupete, lo soltamos para abrazar otra parte de nosotros que desconocíamos, ¿una parte que da comienzo a una nueva etapa? Los coches, al fin y al cabo, son simplemente un símbolo de un intercambio que haces contigo mismo y, como otros muchos símbolos a lo largo de nuestra vida, nos acompañarán siempre. Sí, algo así estaba pensé yo –contestó Jose Luis, con esa peculiar sonrisa que había aprendido a interpretar.

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4 comentarios

Elltarys dijo...

Bravo! Muy bonito este texto y la historia de la tienda, encantadora.

Akaki dijo...

Gracias Elltarys!! Espero seguir escribiendo más, :-)

Brother dijo...

Guay, me ha encantado!

Akaki dijo...

Gracias Brother!

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